Jóvenes detenidos recibieron visita de familiares

La primera noche en el CDP no comieron, pues no estaban registrados. Hizo frío y solo tenían una cobija.

Estos son los relatos de los jóvenes que fueron detenidos la semana pasada durante las protestas, en Quito. Eran las 08:15 y ayer, 24 de septiembre, los 53 chicos estaban en el único patio de ese centro,una estructura de concreto y piedra vista que está a un lado de lo que fue el expenal García Moreno. Para acceder al CDP hay que pasar por un largo pasaje y dos controles. En el primero, los guías penitenciarios revisan las fundas con los víveres que llevan los visitantes. Dicen que la idea es impedir el ingreso de artículos prohibidos. “No pueden entrar con correas, celulares, chips, grabadoras, cámaras de fotos, cordones, armas, frutas cítricas, envases de vidrio, enlatados, gaseosas y camisetas negras”, dicen los celadores. Pedro se sacó los cordones y los arrojó. “Puedo quitarme mis zapatos, no me importa. Yo solo quiero ver a mi hijo”. Ayer fue oficialmente el primer día en que todos los familiares pudieron visitarlos luego de los arrestos. Pero Pedro debía pasar un segundo control. Allí, los que ingresan entregan sus datos, la cédula y una copia de este documento en blanco y negro en donde se apunta el nombre del detenido. En el brazo derecho queda estampado un sello y el acceso al patio está abierto. A un costado, los estudiantes miran la puerta de ingreso a la espera de su padre y madre. Unos dejan de fregar la ropa en la única lavandería, otros paran de barrer. María volvió a ver a su hijo que fue aprehendido en las protestas. Rompió su promesa de no llorar y se fue en llanto cuando abrazó al muchacho de 18 años. Ella estuvo desde las 06:50 en los exteriores de este centro. Quiso ser una de las primeras personas en la fila para avanzar a ver al chico y no le importó que le dijeran que las puertas recién se iban a abrir a las 08:00. Llegó con una colcha bajo el brazo y dos fundas celestes llenas de galletas, aguas, colas, manzanas, ropa y una pequeña almohada. “Debe ser incómodo ahí adentro”, manifestó. María se sorprendió al ver cinco celdas en las que duermen seis chicos y una celda adicional en la que están 18 chicos más. Para convivir, los jóvenes repartieron las literas, se turnan para lavar el baño y para barrer. “Así no hay peleas entre nosotros”, comentaron.

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