
Hace 30 años una amplia llanura con pocos árboles de samanes dominaba el paisaje. A ese lugar, en ese entonces, deshabitado y apartado del noreste porteño llegaba por primera vez en la historia de la ciudad un pontífice, Juan Pablo II.
Hoy, el mismo sector luce diferente: modernas avenidas, un parque, una plazoleta, residencias y una iglesia dejaron atrás aquel predio rústico, donde el primer papa no italiano de la historia, el polaco Karol Wojtyla, llegó para dejar su mensaje de fe y beatificar a la ecuatoriana Mercedes de Jesús Molina.
Una imponente cruz de color blanco, que se puede observar a kilómetros de distancia, brilla día y noche para recordar el lugar en el que ocurrió aquel acontecimiento religioso.
Sector donde hace 30 años, el santo Juan Pablo II ofreció una misa campal. Ahora se levanta una iglesia y una cruz gigante en ese lugar.
Pasaron tres décadas para que este mismo sector, que lleva el nombre de Samanes, sea el que acoja nuevamente a un pontífice. En esta ocasión se trata del primer papa no europeo de la historia, el argentino Jorge Mario Bergoglio, quien este 6 de julio oficiará una misa campal en los terrenos del parque Samanes, a unos 500 metros de donde lo hizo uno de su antecesores y ahora santo Juan Pablo II.
Por ese motivo, quienes habitan este sector se sienten bendecidos porque consideran que son muy pocos los lugares en el mundo que tienen el privilegio de tener a dos papas y albergar eucaristías multitudinarias.
Uno de esos moradores es la hermana Olga María, directora de la fundación Beata Mercedes de Jesús Molina, ubicada en ese sector y que lleva ese nombre en honor a la madre que fue beatificada en esos predios.
La religiosa recuerda, con alegría y devoción, aquel 1 de febrero de 1985 cuando participó de la misa campal, pues como integrante del coro de la congregación de las Marianitas estuvo a pocos metros del santo Juan Pablo II.
“Las marianitas, junto a unas hermanas colombianas que llegaron para organizar el coro, pasamos un mes en este sitio preparándonos para cantar en la eucaristía”, recuerda, al describir que el lugar era despoblado, pues la zona urbanizada solo llegaba a lo que actualmente se conoce como la ciudadela Alborada, a unos cuatro kilómetros del lugar.
Eso les significó un duro esfuerzo porque les tocó caminar cuando no conseguían un transporte privado para su movilización, debido a que no había buses hacia ese sector.
La religiosa trae al presente episodios que ahora le resultan jocosos de aquella experiencia que considera “maravillosa”. Uno de ellos es que se llevaba un gran susto cada vez que levantaba una piedra para utilizarla como asiento, pues le aparecían culebras, alacranes y otro tipo de insectos a los que temía.
“Pero, no obstante, lo más hermoso de esa experiencia es saber que con las palabras y solo una mirada de Juan Pablo II muchas personas se convirtieron y lo sé porque ellos me lo contaron años después”, expresa la monja, quien en la fundación que dirige dedica su vida al cuidado de menores huérfanos con capacidades especiales.
La hermana rememora que la víspera de la celebración eucarística de Juan Pablo II mucha gente de la ciudad, así como de otras ciudades y de países vecinos como Colombia y Perú, llegaron caminando a la pampa de Samanes a pernoctar para obtener un puesto cerca al santo padre a la mañana siguiente. “Algunos armaron carpitas, otros oraron en la vigilia para recibir a la mañana siguiente el mensaje de su santidad”, evoca.
