Un pueblo que se resiste a quienes quieran explotar en su territorio En medio de la celebración los cazadores nativos aparecieron con monos, danta y aves. Desde Puerto Canelos (ubicado a 36 kilómetros al este de Puyo) y tras navegar por casi seis horas por las turbulentas aguas del río Bobonaza, se llega hasta la población de Sarayaku.
Este pueblo kichwa dejó a un lado su aislamiento para compartir con los visitantes sus costumbres ancestrales: bailes, música, cacería de especies nativas, la preparación de platos típicos y la tradicional chicha de yuca.
Los tambores anunciaban el inicio del ritual más antiguo del pueblo kichwa de Pastaza. Tambores, cornetas, piguanos y el grito de “ya llegaron” retumbaba en la plaza central de Sarayaku a donde acudieron unas 400 personas, de las familias kichwas, algunos invitados de otras etnias y turistas.
Para el evento se prepararon con más de un mes de anticipación, destacó Benica Malaver, presidenta de la Junta Parroquial de Sarayaku, quien coordinó el evento.
Las fuertes lluvias de la temporada invernal que arreciaron durante el evento, no opacaron la algarabía de los pobladores ni de los visitantes que admiraron y participaron en esta fiesta única que aún se conserva y que en muchos pueblos de la Amazonía se va perdiendo.
Franco Viteri, ex presidente del pueblo kichwa de Sarayaku, quien emprendió la defensa de su territorio a raíz de la presencia petrolera en el 2001, manifestó que la fiesta es parte de la promoción para solicitar al Gobierno, con apoyo de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco), la declaratoria de patrimonio natural biodiverso del Ecuador y la Humanidad.

Contra contaminación
La razón de la lucha de Viteri es concreta: quieren conservar su tierra libre de toda contaminación, en sus 200 mil hectáreas.
La fiesta, que se prolongó durante una semana, comenzó con la llegada de los cazadores que traían en sus espaldas la carne de los animales que cazaron: mono, danta, tapir o algunas aves como el tucán.
Los cazadores permanecieron dos semanas internados en la selva en busca de sus presas. “Solo cazamos lo permitido para la fiesta que se celebra cada dos años”, explicó Viteri.
Previamente y durante tres días se realizó la cosecha del tubérculo, luego lo cocinaron en grandes ollas, lo transformaron en una masa compacta que después la masticaron y escupieron para que la saliva ayude a la fermentación.
La masa fue colocada en grandes bateas, de allí la pasaron a las tinajas (vasijas de barro con cerámica decorada) donde permaneció durante ocho días para su fermentación hasta convertirla en alcohol. Entonces estuvo lista para beberla.
Los jóvenes, desde los más pequeños, se pintaron el rostro, los brazos y el cuerpo con el tradicional huitu (sustancia negra de una pepa de monte), el que también es utilizado por las mujeres en el cabello, para su conservación.
Ritual con música y bebidas
Al mediodía del domingo 22 de febrero, empezó el ritual de la comida y el baile de la chicha que en ocasiones puede durar tres días. La danza y la bebida es un verdadero reencuentro familiar donde todos participan, se bañan con la chicha, los visitantes aceptan este gesto como señal de amistad.



